Daniel Loewe, Profesor de la Escuela de Gobierno de la Universidad Adolfo Ibáñez

Para el diputado Jorge Sabag el matrimonio debe ser entre un hombre y una mujer. Así comparte la opinión de muchos ciudadanos, de muchos de sus correligionarios DC, pero también de la UDI. Esto es trivial. Interesante es conocer las razones en que basa su afirmación normativa. El diputado presenta dos argumentos. Ellos deben ser tomados seriamente porque expresan puntos de vista ampliamente compartidos (aunque no por ello sólidos). Sin embargo, sólo uno es atingente. El otro evidencia que el diputado no entiende —como tantos políticos— su labor en un Estado secular.

La primera razón es que “si el matrimonio monogámico ha subsistido la prueba del tiempo es, precisamente, porque tiene la fuerza de una institución básica que recoge la fecundidad y complementariedad entre lo masculino y femenino”. Supondré que el diputado refiere al matrimonio monogámico heterosexual, aunque la monogamia no está reservada para los heterosexuales.

Esta razón es eminentemente conservadora —lo que no habla necesariamente contra ella— y está en consonancia con parte de la doctrina del partido cuyos principios el diputado sostiene. Es conservadora porque recurre a la prueba del tiempo para sostener que una institución social es, en algún sentido, óptima o correcta y no debe por tanto cambiar.

 

La falacia de esta tesis conservadora es suponer que la persistencia temporal de una práctica implica que expresa algo valioso. Pero como evidencia el caso de la esclavitud, su persistencia no implica que sea valiosa o que otras prácticas aun no efectivas no lo sean. Una explicación acerca de la persistencia de la práctica, no tiene que relacionarse necesariamente con su supuesto carácter valioso. Puede haber muchas otras explicaciones alternativas como, por ejemplo, la correlación de fuerzas.

 

Muy en el fondo quizás todos somos un poco conservadores. En ocasiones nos volvemos más conservadores con el paso de los años —lo que no se debe necesariamente a la experiencia ganada, como gustan afirmar los mayores, sino que probablemente a un cálculo inconsciente en razón del tiempo que nos queda para experimentar—. Ser conservador quiere decir que ante la eventualidad del cambio los que deben llevar el peso de la prueba son los que lo proponen. Hay buenas razones para esto. Después de todo, cualquier cambio implica costos de transacción y hay que estar seguro de que lo que ofrece la nueva situación más estos costos debe ser mejor que lo que se tiene. Si a ese razonamiento sumamos algo de escepticismo acerca de si los resultados prometidos por el cambio serán efectivamente alcanzados, entonces debemos decidir en base a criterios más bien pesimistas. Es decir, en caso de incertidumbre o riesgo acerca de lo que traerá el cambio, se aconseja mantener lo que se tiene (conservar) incluso cuando no es tan bueno.

Pero si este es el primer argumento del diputado (y es el mejor sentido que se puede hacer de sus afirmaciones), entonces él debería poder explicitar en qué sentido la prueba del tiempo es probatoria del carácter óptimo o correcto de una práctica o institución social. El argumento conservador se basa en la contingencia: ya que la práctica se ha mantenido, es, en algún sentido, óptima o correcta. Pero justamente esa contingencia es la que se pone en cuestión. Imagine que el diputado Sabag hubiese vivido en el siglo XVIII y hubiese afirmado: “Si la esclavitud ha subsistido la prueba del tiempo es, precisamente, porque tiene la fuerza de una institución básica que recoge la fecundidad y complementariedad entre las distintas naturalezas humanas”. El diputado podría haber referido a Aristóteles para dar mayor peso a sus afirmaciones. ¿Qué le parece?

La falacia de esta tesis conservadora es suponer que la persistencia temporal de una práctica implica que expresa algo valioso. Pero como evidencia el caso de la esclavitud, su persistencia no implica que sea valiosa o que otras prácticas aun no efectivas no lo sean. Una explicación acerca de la persistencia de la práctica, no tiene que relacionarse necesariamente con su supuesto carácter valioso. Puede haber muchas otras explicaciones alternativas como, por ejemplo, la correlación de fuerzas. O —como en el caso del matrimonio entre homosexuales— prejuicios ampliamente compartidos, muchas veces con bases religiosas. Esto no quiere decir que el matrimonio heterosexual no sea valioso. Sino que lo que implica, es que de su persistencia temporal no se sigue que el matrimonio igualitario no lo sea.

Una discusión seria sobre el tema debiese remitir a los conceptos que el diputado refiere (fecundidad, complementariedad) así como a otros que den cuenta del valor de la institución en cuestión. Pero a mi juicio, lo que le da valor al matrimonio como reconocimiento legal y social (el cuidado, el compromiso, el amor, la responsabilidad por el otro, la sexualidad, etc.), no es exclusivo de las relaciones heterosexuales. En cualquier caso, este sería un modo razonable de discusión.

Es el segundo argumento el que arroja sombras acerca de su entendimiento de un Estado secular. Contra la pretensión de diversas autoridades de apoyar el matrimonio igualitario, el diputado afirmó que “según la biblia, el matrimonio es entre un hombre y una mujer” y que “yo me quedo con la biblia y no con lo que dicen esas importantes autoridades que no pueden pretender saber más que Dios”. Si el diputado se está refiriendo a máximas para guiar su vida privada, no hay nada que oponer. Después de todo, nadie pretende obligarlo a casarse con un hombre. Pero el diputado está realizando una afirmación acerca de cómo debe concebirse el matrimonio en tanto institución social y jurídica. Si esto es así, entonces lo que el diputado está afirmando es que el matrimonio debe ser entre un hombre y una mujer porque así lo dicta su dios.

Curiosamente el diputado plantea una tesis epistémica: las autoridades no pueden pretendersaber más que dios. Es extraño que el diputado quiera ganar la discusión por referencia al saber de su Dios. Si por definición el dios abrahámico es omnisciente, evidentemente nadie puede saber más que él. Pero esta es una petición de principio que muchos no comparten y que nadie tendría que aceptar compartir para ser miembro de la comunidad política. (No hay que olvidar que tradicionalmente los que pusieron en duda la interpretación autoritativamente vigente de las elites de turno sobre lo que dios sabe, fueron tratados como herejes —es decir, quemados vivos, desollados y toda la serie de fantasías alucinantes de los padres de la religión que inspira al partido del diputado)—. Por cierto, nadie puede pretender saber más que un dios omnisciente. Pero muchos pueden saber más que ese dios, sobre todo si carece de existencia.

Resulta evidente que una discusión seria no puede versar acerca de la existencia y omnisciencia de algún dios. La discusión refiere más bien al rol que las creencias religiosas de las autoridades de una república secular pueden jugar en la discusión acerca de leyes, normativas o políticas públicas. Y contra la pretensión del diputado: éstas no pueden jugar ningún rol. Esto no implica que la estructura institucional no deje espacio para el desarrollo de prácticas religiosas –lo contrario es el caso. Al contradecir esta tesis, el diputado se pone a la par de los Hermanos Musulmanes en Egipto y su intento por introducir la Sharia en la Constitución.

Después de todo, lo que el diputado junto a sus pares de fe de la UDI está proponiendo, es anclar constitucionalmente la heterosexualidad del matrimonio porque así lo afirma su dios. Aparte del dios particular, no hay gran diferencia con los Hermanos Musulmanes. Este argumento del diputado expresa una falta de respeto (además de un insulto a la inteligencia) hacia todos aquellos que no compartimos la creencia en su dios. Sería mejor que afinara el primero.

Revisa aquí la noticia a la que hace referencia Loewe.

Fuente El Mostrador